sábado, 1 de marzo de 2025

SER ESPIRITUAL TE HACE MAS FELIZ

 En la búsqueda de poder ser más felices, existe un acertado camino y, es a través de la espiritualidad.

Mucha de la infelicidad, tristeza, y pesimismo que se vive en estos tiempos se debe al desequilibrio entre lo material y espiritual, a que no sabemos alimentar nuestro interior.

Esto hace que se caiga en el vacío existencial, en no saber el verdadero propósito de nuestro existir, convirtiendo nuestra vida en algo sin sentido, sin poder crear la energía necesaria para saber afrontar lo bueno y lo malo que nos toca vivir en el día a día.



La espiritualidad es tener un buen reconocimiento de nuestra identidad espiritual  y de los valores que necesitamos para vivir, es estar seguros de lo que valemos y, del aporte que queremos dejar en este mundo, a través de nuestras acciones diarias, es el camino para llegar a sentirnos más felices.

La espiritualidad es “una ciencia que busca encontrar las respuestas de quiénes somos, qué somos, por qué estamos aquí, de dónde venimos y a dónde vamos después de morir . La espiritualidad es un despertar a la conciencia divina que está dentro de nosotros.

Aprendemos a ser espirituales, cuando nos enseñan a compartir con nuestros hermanos, cuando aprendemos a ceder, a perdonar y pedir perdón, cuando nos enseñan la compasión, la caridad, cuando aprendemos que hay un Dios o un ser superior que es amor y, que podemos recurrir a él cuando lo necesitamos.




Dicen que la espiritualidad nunca se puede disociar de nuestro estilo de vida, que es una energía no-material que gobierna nuestra forma de actuar frente a las personas y acontecimientos diarios. “Así como existen leyes que gobiernan la materia, del mismo modo hay leyes espirituales. 

La espiritualidad podemos practicarla a través de la amabilidad, del altruismo, de la generosidad, la solidaridad, el voluntariado, de estimular la esperanza, el amor y el bienestar del mundo, de buscar el verdadero propósito de nuestra existencia.

Aunque en un principio todo esto os parezca muy idílico, esta práctica, que se refuerza con la meditación, permite que nos sintamos más felices y conectados con nuestro interior. 



Comienza tu día en paz, sin apuros. Por la mañana, si debes despertarte a una hora determinada, pon el reloj diez minutos antes. Abre los ojos de forma consciente, tranquila, dale permiso y tiempo a tu alma a que se haga presente en tu día.



Agradece que estás vivo, que un día nuevo se abre y cosas inesperadas y bellas sucederán. Luego levántate y no pierdas esta conexión.

Has todo tranquilo, paso a paso. Toca el agua, el pan, mira tu casa, el sol, la mañana, y respira profundo. Respira la vida.

Bendice, todo lo bueno que te sucede.

Camina, mira, escucha, saborea y, toca conscientemente, agradece por cada cosa que eres capaz de hacer.

Saluda a tus hijos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo de forma amorosa y consciente. Mira con amor a tu alrededor.

Transfórmalo todo en un ejercicio espiritual. Esto es poner conciencia cada día.

Conecta con tu Dios, con el ser superior que hay dentro de ti.

Todo lo que hagas, que sea de la mejor forma posible, dirige tu vida.

Piensa positivamente, usa tu entendimiento espiritual para mejorar.


viernes, 7 de febrero de 2025

ASÍ SE COMUNICA EL CORAZÓN.

 A través de los tiempos, los sabios han reconocido al corazón como un órgano no solo de latidos, sino también como un receptor y emisor de emociones, intuiciones y energías sutiles.

Es el centro de nuestro cuerpo, es nuestro centro; según la medicina de oriente es el centro de la sinceridad, de la verdad, de la alegría, la morada del “shen” o de nuestra deidad.



no es una mera metáfora, sino una comprensión profunda de la comunicación entre el cuerpo y el espíritu. Es desde la sabiduría ancestral la manifestación en la interacción del corazón con el mundo emocional y energético.

El corazón es un templo interior donde la intuición y la sabiduría encuentran su morada. Es el vínculo entre nuestra esencia espiritual y nuestra experiencia terrenal. Es allí donde las emociones, pensamientos y sentimientos convergen, creando un lenguaje silente que trasciende las palabras. La esencia del corazón es el amor incondicional, pero este amor no es una mera emoción, sino una fuerza universal que conecta a todos los seres.

es el latido del amor profundo y genuino que emerge, trascendiendo los límites del ego y abriendo la puerta a una comprensión más amplia de la existencia.



El corazón no habla en palabras, sino en sensaciones, emociones, energías, aceleraciones, desaceleraciones, arritmias, dolores y enfermedades. ¿O acaso una obstrucción coronaria (infarto) no es también una emoción atrapada, una ira reprimida, un miedo intenso, o una pena no superada, un dolor emocional profundo? ¿O una hipertensión acaso no sería una desarmonización, un desequilibrio en la comunicación entre mente y corazón? ¿O la única salida que encontré fue endurecerme, endurecer mis arterias y mi corazón para soportar ese estrés crónico que no pude gestionar y esas emociones negativas de las cuales nunca pude desprenderme?

Ante lo que no quiero ver, lo que no quiero escuchar, lo que no quiero sentir, bloqueo la emoción dejando de latir y así anulo mi conciencia, pierdo el conocimiento, pierdo el contacto con esa realidad.

Y es en los momentos de quietud y reflexión, donde podemos sintonizar con esta comunicación sutil. Esta es la voz que nos guía, nos advierte y nos lleva hacia la autenticidad y la verdad interior.



“Cuando el corazón nos habla”, a menudo nos está señalando los desequilibrios y las heridas emocionales que requieren atención y sanación. La sanación no es solo una cuestión física, sino un proceso que involucra la armonización de todos los niveles: físico, emocional, mental y espiritual. El corazón es un maestro silente que nos guía hacia la transformación interior.


“Cuando el corazón nos habla” estamos llamados a explorar la autenticidad, a liberarnos de las cargas emocionales y a cultivar la compasión y la aceptación hacia nosotros mismos y hacia los demás.

“Cuando el corazón nos habla” es un recordatorio de la profunda conexión entre la sabiduría interior y nuestra experiencia cotidiana. El corazón es más que un músculo; es un portal hacia la esencia de quienes somos. Al sintonizar con el lenguaje sutil del corazón, podemos encontrar guía, sanación y un camino hacia la evolución espiritual.

“Cuando el corazón nos habla” desde el latido del amor profundo, es cuando nace la palabra sanadora, la palabra bondadosa, la palabra que nos retrata, la palabra fértil que encuentra el terreno donde se pueden sembrar nuevos sentimientos, nuevos significados, nuevas interpretaciones que llenan de colorido y de luz nuestra vida.

“Cuando el corazón nos habla” es la oportunidad de sanar, es un viaje que nos lleva desde la herida hasta la integración y la transformación, desde el dolor hasta el amor. Reconociendo nuestras emociones, abrazándolas, comprendiéndolas, aceptándolas para transformarlas, perdonando, cultivando la compasión, reemplazando la autocrítica y el juicio por la aceptación y el autocuidado, nutriendo nuestra espiritualidad y encontrando un profundo propósito en la vida, llena de servicio, transmutamos.



La sanación del corazón no solo impacta nuestra salud emocional, sino que también puede influir en nuestra salud física y en nuestras relaciones con los demás. En última instancia, el camino de la sanación nos conduce hacia un corazón abierto y lleno de amor, que se convierte en un faro de luz y transformación para nosotros y para el mundo.


martes, 4 de febrero de 2025

EL PODER RELAJANTE DE LA NATURALEZA.

 La naturaleza tiene un poder transformador que puede influir positivamente en nuestro bienestar emocional y mental. Al sumergirnos en entornos naturales, ya sea un bosque, una playa o un jardín, encontramos un espacio propicio para la reflexión y la calma. La simple observación de la belleza natural, como el canto de los pájaros o el murmullo del agua, nos permite desconectar del estrés diario y reconectar con nosotros mismos.




La práctica de actividades al aire libre, como caminar, meditar o practicar yoga en un entorno natural, potencia aún más estos beneficios. Estudios han demostrado que pasar tiempo en la naturaleza reduce la ansiedad, mejora el estado de ánimo y aumenta la sensación de felicidad. Estos momentos de serenidad nos ayudan a cultivar una mente más clara y enfocada, facilitando la toma de decisiones y el manejo de emociones.




La conexión con la naturaleza tiene un poder curativo que trasciende lo físico. Los jardines, con su diversidad de colores, aromas y texturas, ofrecen un refugio ideal para quienes buscan sanación emocional. Al sumergirse en un entorno natural, las personas pueden experimentar una disminución del estrés y una mejora en su bienestar general. Los espacios verdes se convierten en un bálsamo para el alma, promoviendo la calma y la reflexión.



Cultivar un jardín no solo se trata de plantar flores y plantas; es un acto de autocuidado que fomenta la creatividad y la paciencia. Cada semilla sembrada representa una oportunidad para crecer y renovarse. La conexión con la tierra y el proceso de cuidar de las plantas pueden ser terapéuticos, facilitando a las personas reconectar con sus emociones y encontrar un sentido de propósito. Además, los jardines comunitarios promueven la interacción social, creando lazos entre quienes comparten esta experiencia.



Al explorar la relación entre los jardines y el equilibrio emocional, es evidente que estos espacios ofrecen más que belleza visual. Son lugares donde se pueden cultivar no solo plantas, sino también la paz interior y la alegría. Al dedicar tiempo a la jardinería o simplemente a disfrutar de un entorno natural, las personas pueden encontrar herramientas valiosas para gestionar sus emociones y alcanzar un estado de En un mundo lleno de ruido y distracciones, encontrar la paz interior se ha convertido en un anhelo cada vez más común. La conexión con la tierra, ya sea a través de la naturaleza, la agricultura o el arte, nos ofrece un refugio donde el caos externo se apacigua. Al caminar descalzos sobre la hierba o sumergir nuestras manos en la tierra, sentimos cómo la energía de nuestro entorno nos abraza, recordándonos la simplicidad de la vida y la importancia del presente.
bienestar duradero.

 la naturaleza en nuestra rutina diaria no solo es un regalo para el cuerpo, sino también para el alma. Crear espacios verdes en casa, dedicar tiempo a paseos en el parque o simplemente disfrutar de un café al aire libre puede marcar la diferencia en nuestra calidad de vida. Al hacerlo, no solo mejoramos nuestro bienestar individual, sino que también fomentamos un vínculo más profundo con el entorno que nos rodea, recordándonos la importancia de cuidar y respetar la naturaleza.


PRACTICAR LA JARDINERÍA TE DA PAZ INTERIOR .

 La jardinería terapéutica se presenta como una poderosa herramienta para alcanzar la relajación y la paz interior. Al involucrarse en el cultivo de plantas y flores, se activa una conexión profunda con la naturaleza, lo que permite escapar del estrés diario y fomentar un estado de calma. El simple acto de trabajar la tierra, regar las plantas y observar su crecimiento promueve una sensación de logro y satisfacción, ayudando a liberar tensiones acumuladas.







Además, el contacto con el entorno natural tiene efectos positivos en la salud mental. La jardinería estimula los sentidos: el olor de la tierra fresca, el color vibrante de las flores y el sonido del agua al regar, todo contribuye a crear un ambiente propicio para la meditación y la introspección. Este enfoque sensorial invita a estar presente en el momento, lo que es fundamental para reducir la ansiedad y alcanzar un estado de serenidad.




Finalmente, la jardinería terapéutica fomenta un sentido de comunidad y conexión con los demás. Al participar en grupos de jardinería o compartir el proceso con familiares y amigos, se crea un espacio para la interacción social y el apoyo emocional. Esta red de vínculos no solo enriquece la experiencia de cultivar, sino que también refuerza el bienestar general, contribuyendo a una paz interior duradera.






jueves, 9 de enero de 2025

LA CONEXIÓN CON LA ESENCIA.

 El viaje del autoconocimiento consiste en trascender el ego para reconectar con la esencia que verdaderamente somos y donde se encuentra la felicidad, la paz y el amor que equivocadamente buscamos afuera.

Los seres humanos nacemos en la inconsciencia más profunda. Ningún bebé puede valerse por sí mismo. Depende enteramente de otros para sobrevivir física y emocionalmente. Tanto es así, que pasarán muchos años hasta que cuente con un cerebro lo suficientemente desarrollado como para gozar de una cualidad extraordinaria: la «consciencia». Es decir, la habilidad de elegir cómo pensar, qué decir, qué comer, cómo comportarse y, en definitiva, qué tipo de decisiones tomar a la hora de construir su propio camino en la vida.



Y no sólo eso. Dentro del útero materno, el bebé se siente conectado y unido a su madre y, por ende, a todo lo demás. Sin embargo, nada más nacer se produce su primer gran trauma: la separación de dicha unión y conexión con su madre –y con todo lo demás-, perdiendo por completo el estado esencial en el que se encontraba. De pronto tiene frío y hambre. Y necesita seguridad y protección. Para compensar el tremendo shock que supone abandonar el cálido y agradable útero materno, el bebé comienza a sentir una infinita sed de cariño, ternura y amor.

La mayoría de heridas que nos hacemos se regeneran con el paso del tiempo. Curiosamente, el trauma generado por el parto es tan brutal, que como recuerdo nos queda una cicatriz -coloquialmente conocida como «ombligo»-, la cual perdura en nuestro cuerpo para la posteridad. Parece como una señal que nos recuerda aquello que hemos perdido. O dicho de otra manera: aquello que necesitamos recuperar para volver al estado esencial de unión y conexión que en su día todos experimentamos.




Sea como fuere, desde el mismo día de nuestro nacimiento, cada uno de nosotros hemos ido perdiendo el contacto con nuestra «esencia», también conocida como «ser» o «yo verdadero». Es decir, la semilla con la que nacimos y que contiene la flor somos en potencia. La esencia es el lugar en el que residen la felicidad, la paz interior y el amor, tres cualidades de nuestra auténtica naturaleza, las cuales no tienen ninguna causa externa; tan sólo la conexión profunda con lo que verdaderamente somos. En la esencia también se encuentra nuestra vocación, nuestro talento y, en definitiva, el inmenso potencial que todos podemos desplegar al servicio de una vida útil, creativa y con sentido.



Desde un punto de vista emocional, cuando reconectamos con nuestra esencia disponemos de todo lo que necesitamos para sentirnos completos, llenos y plenos por nosotros mismos. Entre otras cualidades innatas, la esencia nos acerca a la responsabilidad, la libertad, la confianza, la autenticidad, el altruismo, la proactividad y la sabiduría, posibilitando que nos convirtamos en la mejor versión de nosotros mismos. Es sinónimo de luz. Así, estamos en contacto con nuestra verdadera esencia cuando estamos muy relajados, tranquilos y serenos. Cuando independientemente de cómo sean nuestras circunstancias externas, a nivel interno sentimos que todo está bien y que no nos falta de nada. Cuando vivimos de forma consciente, dándonos cuenta de nuestros automatismos psicológicos. Cuando somos capaces de elegir nuestros pensamientos, actitudes y comportamientos, cosechando resultados emocionales satisfactorios de forma voluntaria. Cuando logramos relacionarnos con los demás de forma pacífica, constructiva y armoniosa, tratando de comprender en vez que querer que nos comprendan primero.



También estamos en contacto con nuestra esencia cuando dejamos de perturbarnos a nosotros mismos, haciendo interpretaciones de la realidad mucho más sabias, neutras y objetivas. Cuando aceptamos a los demás tal como son, ofreciendo en cada interacción lo mejor de nosotros mismos. Cuando vivimos en el presente, disfrutando plenamente del aquí y del ahora. Cuando permanecemos en silencio y escuchamos con toda nuestra atención las señales que nos envía nuestro cuerpo. Cuando conseguimos ver el aprendizaje de todo cuanto nos sucede. Cuando sentimos que formamos parte de la realidad y nos sentimos uno con ella. Cuando experimentamos una profunda alegría y gratitud por estar vivos. Cuando confiamos en nosotros mismos y en la vida. Cuando abandonamos la necesidad de querer cambiar el mundo y lo aceptamos tal como es, aportando sin expectativas nuestro granito de arena. Cuando reconocemos no saber y nos mostramos abiertos mentalmente a nuevas formas de aprendizaje…


Del mismo modo que sabemos cuando estamos enamorados, sabemos perfectamente cuando estamos en contacto con nuestra verdadera esencia. No tiene nada que ver con las palabras, la lógica o la razón. Más bien tiene que ver con el arte de ser y estar. Y con la sensación de conexión y unión. Lo cierto es que todos hemos vivido momentos esenciales, en los que nos hemos sentido libres para fluir en paz y armonía, como si estuviéramos conectados con los demás de una forma que supera nuestra capacidad de entendimiento. Al regresar al lugar del que partimos y del que todos procedemos, experimentamos un punto de inflexión en nuestra forma de comprender y de disfrutar de la vida. Empezamos a vivir de adentro hacia afuera. Y por más que todo siga igual, al cambiar nosotros, de pronto todo comienza a cambiar. Sabios de diferentes tiempos lo han venido llamando «la revolución de nuestra conciencia».


CAMINA POR EL MUNDO SIN EGO.

 Debido a nuestro complejo proceso de evolución psicológica, desde el día en que nacemos nos vamos desconectando y enajenando de nuestra esencia, la cual queda sepultada durante nuestra infancia por el «ego». Así es como perdemos, a su vez, el contacto con la felicidad, la paz interior y el amor que forman parte de nuestra verdadera naturaleza. Y, como consecuencia, empezamos a padecer una sensación de vacío e insatisfacción crónicos.



El ego es nuestro instinto de supervivencia emocional. También se le denomina «personalidad» o «falso yo». No en vano, el ego es la distorsión de nuestra esencia, una identidad ilusoria que sepulta lo que somos verdaderamente. Es como un escudo protector, cuya función consiste en protegernos del abismo emocional que supone no poder valernos ni sobrevivir por nosotros mismos durante tantos años de nuestra vida. El ego -que en latín significa «yo»- también es la máscara que hemos ido creando con creencias de segunda mano para adaptarnos al entorno social y económico en el que hemos nacido y nos hemos desarrollado.

Así, el ego nos lleva a construir un personaje con el que interactuar en el gran teatro de la sociedad. Y no sólo está hecho de creencias erróneas, limitantes y falsas acerca de quiénes verdaderamente somos. El ego también se asienta y se nutre de nuestro lado oscuro. De ahí que suela utilizarse la metáfora de la «iluminación» para referirse al proceso por medio del cual nos damos cuenta de cuáles son los miedos, inseguridades, carencias, complejos, frustraciones, miserias, traumas y heridas que venimos arrastrando a lo largo de la vida. Por más que las obviemos y no las queramos reconocer, todas estas limitaciones nos acompañan las 24 horas al día, distorsionado nuestra manera de ver el mundo, así como la forma en la que nos posicionamos frente a nuestras circunstancias.



Por mucho que podamos sentirnos identificados con él, no somos nuestro ego. Ante todo porque el ego no es real. Es una creación de nuestra mente, tejida por medio de creencias y pensamientos. Sometidos a su embrujo, interactuamos con el mundo como si lleváramos puestas unas gafas con cristales coloreados, que limitan y condicionan todo lo que vemos. Y no sólo eso: con el tiempo, esta percepción subjetiva de la realidad limita nuestra experiencia, creándonos un sinfín de ilusiones mentales que imposibilitan que vivamos en paz y armonía con nosotros mismos y con los demás. Vivir desde el ego nos lleva a estar tiranizados por un «encarcelamiento psicológico»: al no ser dueños de nosotros mismos -de nuestra actitud-, nos convertimos en esclavos de nuestras reacciones emocionales y, en consecuencia, de nuestras circunstancias.



Del ego surge el victimismo, la esclavitud, el miedo, la falsedad, el egocentrismo, la reactividad y la ignorancia, generando que nos convirtamos en un sucedáneo de quien en realidad somos. Es sinónimo de sombra y oscuridad. Así, estamos identificados con nuestro ego cuando estamos muy tensos, estresados y desequilibrados. Cuando permitimos que nuestro estado de ánimo dependa excesivamente de situaciones o hechos que escapan a nuestro control. Cuando nos sentimos avergonzados, inseguros u ofendidos. Cuando vivimos de forma inconsciente, con el piloto automático puesto, casi sin darnos cuenta. Cuando nos tiranizan pensamientos, actitudes y comportamientos tóxicos y nocivos, cosechando resultados emocionales insatisfactorios de forma involuntaria.

También estamos identificados con nuestro ego cuando tratamos de que la realidad se adapte constantemente a nuestras necesidades, deseos y expectativas. Cuando nos perturbamos a nosotros mismos, victimizándonos y culpando a otras personas de lo que nos sucede. Cuando nos tomamos las cosas que pasan o los comentarios de los demás como algo personal. Cuando no aceptamos a los demás tal como son, tratando de cambiarlos para amoldarlos a como, según nosotros, deberían de ser. Cuando nos lamentamos por algo que ya ha pasado o nos preocupamos por algo que todavía no ha sucedido, marginando por completo el momento presente. Cuando somos incapaces de estar solos, en silencio, sin hacer nada, sin estímulos ni distracciones de ningún tipo.



Seguimos tiranizados por el ego cuando exigimos, criticamos o forzamos a los demás. Cuando nos encerramos en nosotros mismos por miedo a que nos sucedan cosas desagradables. Cuando nunca tenemos suficiente con lo que nos ofrece la vida. Cuando reaccionamos mecánica e impulsivamente, perdiendo el control de nuestros actos. Cuando actuamos o trabajamos movidos por recompensas o reconocimientos externos. Cuando creemos saberlo todo y nos cerramos mentalmente a nuevas formas de aprendizaje.

En definitiva, cuando experimentamos cualquiera de estos sentimientos, podemos estar completamente seguros de que seguimos protegiéndonos tras la ilusión de nuestra personalidad, ego o falso yo, que nos hace creer que estamos separados de todo lo demás. En última instancia, este egocentrismo es el que nos lleva a luchar en contra de lo que sucede y a entrar en conflicto con otras personas, sufriendo de forma inútil e innecesaria. Lo cierto es que detrás del miedo, la tristeza y la ira se esconde agazapado nuestro ego, el cual también es responsable de que sintamos que nuestra existencia carece de propósito y sentido.



Dentro de cada uno de nosotros hay una dualidad; dos fuerzas antagónicas -el amor (esencia) y el miedo (ego)- que luchan por ocupar un lugar destacado en nuestro corazón. Lo cierto es que solo una de ellas es real, mientras que la otra es completamente ilusoria. El viaje de autoconocimiento consiste en diferenciar entre una y otra, desenmascarando al ego para vivir desde nuestra verdadera esencia.


martes, 3 de diciembre de 2024

CAMINANTE MOCHILERO, LIBERANDO CARGAS.

 Cuando se lee el evangelio  desde la perspectiva de la vida nueva, el llamado de Jesús es asombroso.

Dejar las cargas de tantas cosas innecesarias es entrar en una dinámica distinta.

Pero liberar cuales cargas?.

Primero, de parte de los más cercanos, que se desviven por convencernos de que lo más importante es buscar una “seguridad económica” y un status social siguiendo lo que habían hecho todos durante generaciones. Oposición por parte de la institución que llama a la prudencia, a la tradición, y que sospecha de todo lo que pueda sonar a radical, de todo lo que es diferente. Oposición o más bien indiferencia por parte de la sociedad que juzga como absurda cualquier opción que no busque el beneficio propio.



La opinión de los demás sobre ese caminar es la primera carga de la que hay que dejar para seguir a Jesús; la opinión ajena no servía para nada.

Pero la invitación de Jesús va mas allá : despréndete de todo lo que no te permita viajar ligero de equipaje. Las personas que nos hemos mudado mucho de casa sabemos que hay cantidad de cosas de las que podemos prescindir; si siempre estás en el mismo lugar ni te das cuenta de todo lo acumulado… Cuando lo tienes que transportar entonces te quedas sólo con lo necesario que cada vez va siendo menos.


A veces nos aferramos a las palabras del evangelio y su exigencia nos suena más a carga que a otra cosa; pero luego vamos entendiendo  que el evangelio  no se refería a una bolsa, ni a una alforja, ni a unas sandalias… hasta los peregrinos necesitan cargar con lo mínimo para llegar a la meta. Andar ligero de equipaje es no acumular: sobre todo títulos, méritos, “medallas”, creyendo que es todo esto lo que te hace ser una persona valiosa, que la gente te quiera y te valore por lo que has  logrado en tu vida. Si no lo aprendemos a la primera vuelta siempre hay una segunda en lo que casi todo se cae y nos quedamos con lo esencial.

Al caminar de esta manera te das cuenta que lo que transmites sin darte cuenta es paz; esa paz que da el no desear más de lo que se tiene, esa paz de querer transmitir ese gran tesoro a los demás y que también lo puedan vivir así.


La llamada se va haciendo concreta, entrar en la vida de los otros, compartir el pan, buscar la sanación para quienes se sienten débiles y también saber dejar a aquellos que abiertamente rechazan el mensaje. No nos toca juzgar la calidad de la respuesta de los demás, sólo darlo gratuitamente sin “hacerle las cuentas a nadie”.

La libertad de cada persona para aceptar la Buena Nueva o rechazarla permanece intacta.

A medida que vamos haciendo camino se van purificando las intenciones, los motivos de la alegría. 

Este camino de ir “soltando” cargas es sin duda un aprendizaje fascinante en el que lo material solo juega una pequeña parte. Dejarlo todo para seguir a Jesús no es renuncia, sino cambio de visión, conversión a lo que es el centro de la predicación de Jesús: el Reino. Y a ese Reino solo se va entendiendo en la medida en que vamos caminando con Jesús. 

SINTONIZA CON DIOS.

  Los maestros afirman que todos somos seres multidimensionales con un gran potencial. Créelo, ámate, sintoniza con Dios que te habita, y co...